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Viaje a la ciudad más contaminada del mundo
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Miércoles, 29 de Junio de 2016 00:00

 

 

Zabol, la ciudad más contaminada del mundo

La ciudad iraní de Zabol es la más contaminada del planeta, según la OMS.

 

27/06/2016 03:13

La primera imagen de la tierra yerma sobre la que emerge Zabol se obtiene desde el avión. A 200 metros de altura, se mire hacia donde se mire, solo se divisa una extensión infinita de tierra árida, plana, sin vegetación que la oxigene. Estamos en Zabol, la ciudad más contaminada del planeta, según un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero en esta urbe de 130.000 habitantes situada en el sureste de Irán, en la paupérrima provincia de Sistán Baluchistán, no hay industrias que inunden el aire de gases contaminantes. Ni vertederos llenos de residuos. Ni ríos infectados.

 

Aquí, lo que hay es viento. Un viento permanente, que sopla durante todo el año y que en los meses de verano arrecia hasta alcanzar velocidades de 130 km/h. Y mucha sequía. La falta de precipitaciones provocada por el cambio climático y la mala gestión de los recursos hídricos, entre otras causas, han evaporado los ríos y secado los humedales, permitiendo que el viento erosione las cuencas de ríos y lagos, y se lleve una gran cantidad de partículas de arena que, sostenidas en el aire de forma continuada, convierten esta ciudad en un lugar irrespirable. Lo peor llega en primavera, cuando empiezan los llamados 120 días de tormentas de arena.

Como si se tratara de una maldición, durante cuatro meses exactos Zabol vive intensas tormentas que cubren de arena tejados y vehículos, impiden la visibilidad en el exterior y encierran a sus ciudadanos en casa. «En cuatro días de tormentas, el año pasado recibimos en el hospital a más de 600 pacientes afectados por problemas respiratorios, alergias en los ojos y otras afecciones», explica a EL MUNDO Zahra Seperhi, médica internista destinada a Zabol. «La tuberculosis es una enfermedad endémica en Sistán Baluchistán, con una elevada prevalencia (140 enfermos por cada 100.000 habitantes), la mayor de todo el país. También tenemos muchos enfermos de EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) debido a la exposición permanente de sus pulmones al polvo en el aire. La población también sufre alergias y hongos epidérmicos. El sol les quema la piel y les provoca heridas que se infectan con el polvo y la arena. También sufre problemas de visión debido a la precipitación de partículas en los ojos», desgrana la doctora Seperhi.

Atefeh tiene 10 años y los ojos enrojecidos. Su madre le echa gotas todas las noches. La niña tiene alergia ocular por la arena que circula en el aire de constante. Todas las ventanas de su casa están tapiadas con cemento. Y pese a que es imposible abrirlas, al final del día el marco interior de todas ellas acumula un centímetro de arena. «El polvo y la arena se cuelan por todas partes. Nuestra única fuente de ventilación es la terraza y cada día tenemos que aspirar la alfombra», cuenta la madre. El padre de Atefeh es profesor de Ciencias Medioambientales en la Universidad de Zabol. Cuando terminan las clases, emigra con su familia a Teherán hasta el inicio del nuevo curso. «Es muy difícil vivir aquí en verano, las tormentas impiden a la gente llevar una vida normal», asegura.

El fenómeno climatológico que se produce en esta ciudad y que ha llevado a la OMS a considerarla el lugar más contaminado de la tierra es el resultado de varios factores. El más importante es la sequía que afecta al lago Hamún, cuyos 1.600 km2 de extensión sufren los efectos de años de escasez de agua. Asimismo, la poca que queda se evapora cuando llega el verano con las altas temperaturas (pueden alcanzar los 50º C). A todo ello, existe también un factor político. La mayor fuente de agua de lago Hamún es el río Helmand, que nace en Afganistán y en su paso por Irán llena de agua el lago y los humedales de los alrededores. «El problema es que Kabul sólo nos permite acceder al agua de Helmand tres meses al año. Cuando termina el verano, cierran el grifo.

Es muy duro porque ello acentúa la sequía», explica el profesor. Las autoridades de Irán tratan sin éxito de llegar a un acuerdo con sus homólogos afganos, pero hasta la fecha esta provincia depende totalmente del país vecino para su supervivencia. A 15 kilómetros del centro de Zabol se encuentra Nazar Sarani, un poblado que sufre de manera severa los efectos de las tormentas y el polvo en el aire. La villa discurre a ambos lados de una carretera por la que los niños andan en bici tapándose la boca con un pañuelo o con las manos. Aquí no hay árboles ni casas altas que frenen el zarpazo del viento. Los velos de las mujeres ondean en el aire y la arena les araña la cara. En los días de tormenta no se vislumbra nada a más de tres metros de distancia.

Nazime Shirazi es junto a su marido la gobernadora del pueblo. Dentro de casa y con una taza de té en las manos, cuenta que cuando llegan las tormentas empiezan los problemas. «Debido al polvo y la arena que vuela en el exterior, decidimos apagar el aire acondicionado, porque es la principal fuente de entrada de polvo en casa. Pero entonces, la temperatura en el interior es muy alta y tampoco se puede respirar. Es sofocante», narra. Los niños y los ancianos son los que peor lo pasan porque tienen el sistema respiratorio más débil. A los más pequeños les encierran en casa porque si salen a jugar sus pulmones se llenan de polvo. Su marido, sentado a su lado, añade: «Por la mañana, tras una noche de tormenta, nuestros cuerpos están llenos de arena. Y cuando caminamos las huellas de los pies se quedan impregnadas sobre la alfombra.

Se hace muy difícil ir a la ciudad, con lo que tenemos que aprovisionarnos de alimentos para esa época». Sistán Baluchistán es una región al margen de las rutas turísticas de Irán. Su proximidad con la frontera con Afganistán la convierte en zona de contrabando, de tráfico de drogas y de personas y en ella operan minorías insurgentes que colisionan con las fuerzas armadas iraníes. Se trata de una región inhóspita, fuertemente vigilada y con pocas o ninguna expectativa de futuro para la juventud. Por esta razón, muchos jóvenes quieren emigrar a otras ciudades pero su nivel cultural es bajo y las posibilidades de trabajo son muy escasas. La doctora Seperhi lo explica con un ejemplo. "Algunos pacientes no se toman los fármacos que les suministramos para atajar la tuberculosis, con lo que esparcen el virus a todo el que les rodea. A veces creen más en fórmulas esotéricas.

Un paciente que quisimos trasladar a Teherán porque no respondía a la medicación saltó del coche en marcha y regreso a Zabol, enfermo", rememora. A escasos dos kilómetros del poblado de Nazime se encuentra otra villa igualmente desolada. Una mujer con la piel castigada por el clima relata la dureza del día a día. "Mi hijo lleva enfermo varios días debido a los problemas respiratorios causados por el polvo en el aire. Tampoco podemos quedarnos eternamente en casa porque hay que alimentar el ganado. Todo lo que nos pasa nos lo envía Alá, con lo que debemos aguantarlo", explica con el niño en brazos. El Gobierno construyó hace años la presa Chahnimeh, de enormes dimensiones, de la que depende la vida de 1 millón de personas. La presa bebe del lago Hamún, el cual a su vez recibe agua del río Helmand. El fatídico círculo del agua.

O de la falta de ella. Algunas de las consecuencias de esta situación son los cambios en las rutas migratorias de las aves, la salinización del agua, desórdenes psicológicos, aumento de enfermedades y adicciones entre la población, destrucción del hábitat de animales autóctonos y aumento de la sensación de calor debido a la falta de vegetación. "La provincia no es una prioridad para el gobierno. Si no, se habrían buscado soluciones en el corto plazo", comenta un lugareño. La ministra de Medio Ambiente, Masumeh Ebdekar, declaró recientemente que los actuales sistemas de riego de la agricultura son muy antiguos, con lo que no son eficientes y generan un gasto enorme de agua. "Habría que empezar por cambiar estos métodos tradicionales de cultivo para poder empezar a ahorrar agua", indicó. Pero la población no ve alternativa y solo espera, cuando llega el verano, que pasen rápido los 120 días de tormenta que cubrirán por completo de arena el cielo de la provincia.

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